Hablar de dislexia y disgrafía es hablar de la vida diaria de miles de niños y niñas en todo el mundo. Estos trastornos del aprendizaje no solo es hablar de dificultades para leer o escribir, ya que también impactan en la autoestima, en las relaciones sociales y en la forma en que los menores afrontan su desarrollo académico. Para los profesionales de la psicología, comprender bien estos trastornos es ir más allá del aula, además de atender la dimensión emocional y familiar.
Dislexia: más que un problema de la lectura
La dislexia es el trastorno del aprendizaje más estudiado y se estima que afecta a entre un 5% y un 10% de la población escolar (Sans et al., 2012; Saiz, 2018). Se caracteriza por problema persistentes en la lectura fluida y precisa, así como en la ortografía.
Existen varios tipos de dislexia, que se diferencian en función de la ruta de lectura que se vea más afectada (Peña, 2017; Sainz, 2018):
- Dislexia fonológica; es la más común en etapas escolares. Se caracteriza por la dificultad para utilizar la ruta fonológica, lo que provoca problemas en la lectura de pseudopalabras y errores en la conversión grafema-fonema. En este subtipo, el niño/a presentan dificultades para trasformar las letras en sonidos, lo que explica errores como la inversión de sílabas, la omisión de letras o la confusión de grafemas visualmente similares (Fiuza y Fernández, 2014).
- Dislexia superficial: se presentan problemas para reconocer palabras de forma global, lo que lleva a errores en palabras irregulares o de ortografía arbitraria.
- Dislexia profunda: es la menos frecuentes y más grave. Además de los errores anteriores, aparecen sustituciones semánticas (por ejemplo; leer “perro” en lugar de “gato”), reflejando un déficit más amplio en el procesamiento del lenguaje escrito.
Desde la perspectiva neuropsicológica, la dislexia no es únicamente un trastorno de la lectura, ya que implica déficits en el procesamiento fonológico, en la memoria de trabajo y, en muchos de los casos, repercusiones emocionales como ansiedad escolar y baja autoestima (Santacruz, 2018; Bayona, 2022).
Disgrafía: cuando escribir es un desafío
La disgrafía, aunque es menos visible, es igualmente relevante. Puede presentarse de dos formas:
- Motriz, en la que existe compresión del código escrito, pero dificultades en la ejecución gráfica.
- Específica, vinculada a la percepción y organización de las formas gráficas (Mayorga, 2019).
En la practica clínica se observa; escritura ilegible, alteraciones en el tamaño y forma de las letras, omisión de espacios entre palabras o fatiga excesiva al escribir (Campoverde et al., 2022). Estos síntomas reflejan un déficit en la automatización de los procesos grafomotores y perceptivos, más que una falta de esfuerzo.
Los errores escritos como herramienta diagnostica
La lectura y la escritura son procesos interdependientes. Por ello, los errores de un niño/a con dislexia suelen trasladarse a su producción escrita: omisiones, alteraciones en el orden de las letras, cambios de genero en las palabras o ausencia de tildes (Scrich-Vázquez et al., 2027).
El análisis de la escritura espontánea complementa las pruebas estandarizadas y permite observar el impacto real del trastorno en la vida diaria y escolar.
Fortalecimiento del apoyo familiar
La familia tiene un papel fundamental en la intervención de la dislexia y la disgrafia. Su participación activa puede potenciar significativamente los avances del niño o niña. A continuación, se detallan algunas de las acciones que ayudan a los niños/as en el ámbito familiar:
- Creación de rutinas de estudio estructuradas: establecer horarios diarios de lectura y escritura, con pausas y refuerzo positivo, ayuda a consolidar hábitos de aprendizaje.
- Refuerzo positivo y reconocimiento de logros: celebrar los pequeños avances aumenta la motivación y la autoestima del niño/a.
- Apoyo en la lectura y escritura en casa: leer en voz alta juntos, jugar con palabras, ritmas o trabalenguas, y supervisar la escritura de una manera lúdica, refuerza lo trabajado en el colegio y/o en el especialista (si fuese el caso).
- Gestión emocional: enseñar estrategias sencillas para manejar la frustración, el estrés o la ansiedad ante las tareas escolares, promoviendo un clima familiar de comprensión y paciencia.
- Comunicación constante con el equipo educativo: compartir observaciones, avances y dificultades con profesores, permite ajustar las estrategias de intervención y mantener coherencia entre el hogar y el colegio.
El papel del psicólogo/a: integrar lo cognitivo y lo emocional.
Tanto en el abordaje de la dislexia como en la disgrafía el papel del psicólogo es fundamental, ya que se integran varias dimensiones:
- Cognitiva; evaluando y entrenando los procesos lingüisticos, la memoria de trabajo, la atención y las estrategias de lectura y escritura, diseñando programas de intervención individualizados.
- Motora y perceptiva, colaborando con profesores y terapeutas ocupacionales en el desarrollo de habilidades grafomotoras, coordinación visomotora y automatización de la escritura.
- Emocional y social, apoyando al niño/a en la gestión de la ansiedad, la frustración y la baja autoestima, fomentando la resiliencia, la motivación y la participación en el entorno escolar y social.
- Orientación familiar: guiando y capacitando a los padres/madres para reforzar hábitos de estudio, recocer logros, mantener la motivación del niño/a y crear un entorno afectivo de apoyo y comprensión.
- Coordinación interdisciplinar: integrando el trabajo de psicólogo/a, profesores, logopeda y terapeuta ocupacional, para garantizar un abordaje global y coherente a las necesidades individuales del niño/a.
El psicólogo/a actúa como mediador entre las dificultades académicas, las necesidades emocionales y el entorno familiar, promoviendo estrategias que fortalezcan tanto las habilidades cognitivas como la confianza, la autoestima y el bienestar del niño/a. La participación activa de la familia, junto con un enfoque interdisciplinar, potencia la eficacia de la intervención y facilita un desarrollo académico y emocional más equilibrado.
Conclusión
La dislexia y la disgrafía no definen a un niño o niña, pero sí condicionan su manara de aprender. Acompañar estos procesos supone un reto y una oportunidad: la detección precoz, intervenir con programas basadas en evidencia e individualizar las intervenciones, es clave, sin dejar de recordar que detrás de cada error hay un niño o niña con un gran potencial.